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日志


5月31日

Jornada Mundial de Juventud 2008

       
4月21日

Nuestra Señora del Perpetuo Socorro

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Madonna del Perpetuo Soccorso


El Mensaje del Icono

Este querido icono puede parecer extraño a nuestros ojos occidentales. No presenta a María como una joven delicada de ojos sumisos. Su mirada directa y sus rasgos firmes llaman nuestra atención. Quedamos impresionados por la apariencia poco realista de las figuras. Jesús tiene las dimensiones de un niño pequeño pero sus rasgos son de otro mayor. María y Jesús no forman parte de una escena, sino que están colocados sobre fondo dorado.

 Esta imagen fue pintada en el estilo bizantino de la Iglesia Oriental. El objetivo de este estilo no es el de presentar una bella escena o un personaje, sino el de transmitir un rico mensaje espiritual. Puesto que el artista trata de comunicar algo de orden celestial más que una realidad de este mundo, la imagen no es una pintura realista. La pintura bizantina es como una puerta. Ver una bella puerta es agradable pero ¿quién querría quedarse allí durante tiempo sin ver a dónde lleva? Queremos abrirla e ir más allá. Esta puerta puede ser bonita o no, pero solo es una realidad que tiene como objetivo el que se penetre por ella en un mundo nuevo.

Es así como debemos acercarnos a esta pintura. El artista, consciente de que nadie en el mundo podría saber nunca qué aspecto tuvieron realmente María o Jesús y de que tampoco su santidad podría nunca ser pintada en términos puramente humanos, ha reflejado su belleza y su mensaje a través de símbolos.

¿Qué ves cuándo miras la imagen?

 Ante todo ves a María porque domina la pintura y porque te mira directamente a los ojos - no mira a Jesús, no tiene la mirada fija en el cielo, tampoco mira a los ángeles que aletean sobre su cabeza. Te mira como para decirte algo muy importante. Sus ojos se muestran serios, incluso tristes, pero roban la atención.

Es una mujer importante, una mujer de autoridad, de cierto nivel. Está colocada sobre un fondo dorado, símbolo del cielo durante la Edad Media. Y va vestida de azul oscuro con franjas verdes y túnica roja. Azul, verde y rojo fueron los colores de la majestad. Solamente a la emperatriz se le concedía vestir con estos colores.

 La estrella de ocho puntas sobre su frente probablemente fue añadida por un artista posterior para representar la idea oriental de que María es la estrella que nos conduce a Jesús. Para reforzar el simbolismo, se encuentra en el lado izquierdo, y sobre su tocado, una cruz ornamental de cuatro puntas en forma de estrella.

Las letras sobre su cabeza la proclaman Madre de Dios (en griego).

Mirando la pintura entendemos que tiene el poder de interceder por nosotros en el cielo.

La mirada de María se fija en ti, pero tiene en brazos a Jesús. En los iconos bizantinos, María no es representada nunca sin Jesús porque Jesús ocupa el centro de la fe. También Jesús va vestido con colores reales. Solo el emperador podía vestir túnica verde, con una franja roja y con el brocato dorado que aparece en la pintura. Las iniciales griegas decoradas con una cruz, a la derecha del niño y de su aureola, proclaman que él es "Jesús, el Cristo".

Jesús no nos mira, tampoco mira a María ni a los ángeles. Aunque se aferra a su madre, mira a lo lejos, a algo que no podemos ver - algo que le ha hecho acudir tan de prisa a su madre que una de sus sandalias casi se le ha desprendido, debe tratarse de algo que lo impulsa a apretarse junto a la madre para encontrar allí protección y amor.

¿Qué puede ocasionarle tanto miedo a un niño que, por añadidura, es Hijo de Dios?

Las figuras que aletean a ambos los lados de Jesús y de María - las letras griegas los identifican con los arcángeles Gabriel y Miguel - nos dan la respuesta. En lugar de arpas y trompetas de alabanza, dichos arcángeles van cargados con los instrumentos de la Pasión de Cristo.

 A la izquierda, Miguel sujeta un asta con la esponja empapada en hiel, la que los soldados ofrecieron a Jesús sobre la cruz, y lleva también la lanza que traspasó su costado.

A la derecha, Gabriel sujeta la cruz y cuatro clavos.


Jesús ha entrevisto su suerte - el sufrimiento y la muerte que le aguardan. Aunque es Dios, también es humano y, como tal, tiene miedo ante su futuro terrorífico. Y acude a la madre que lo aprieta junto a sí en este momento de pánico, tal como estará cerca de él durante toda su vida y en la hora de su muerte. No puede ahorrarle el sufrimiento, pero puede expresarle su amor y confortarlo.

Pero entonces, ¿por qué nos mira María tan intensamente en lugar de hacerlo con el hijo que la necesita? Su mirada nos hace penetrar en la historia, nos hace protagonistas de la pintura y del dolor. Su mirada nos dice que así como Jesús ha corrido hacia su madre para encontrar en ella amparo, también nosotros podemos acudir a María.

Su mano no rodea, en protector apretón, las manitas de su hijito asustado, sino que permanece abierta, invitándonos a poner también nuestras manos en la suya y a unirnos a Jesús.

María sabe que en la vida hay muchas cosas peligrosas y terroríficas, y que necesitamos a alguien a quien acudir durante el tiempo de sufrimiento y de angustia. Nos ofrece el mismo consuelo y el mismo amor que dio a Jesús. Nos dice que acudamos a ella, rápidamente como lo hizo Jesús, tan veloces que no demos importancia alguna a cómo nos encontramos o a cómo vamos vestidos con tal de que lleguemos.

Y tú, ¿a qué esperas?

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Historia CSSR

Nuestra Historia    
La Congregación del Santísimo Redentor fue la respuesta que san Alfonso dio a Jesús ante la llamada de los pobres. En 1730, Alfonso se encontraba agotado a causa del duro trabajo de las misiones. Los médicos le ordenaron tomar un período de descanso y que fuera allí donde pudiera respirar el aire puro de la montaña. Con algunos de sus compañeros se fue a Scala, en la costa amalfitana del sur de Nápoles. Allá, en la montaña, se encontraba el santuario de Santa Maria de los Montes, un lugar perfecto para descansar, un lugar perfecto para la contemplación, cerca de la Madre de Dios: alturas montañosas, belleza y, abajo, el mar.

Pero Scala significaba también pobreza. En las montañas vivían algunos pastores que le pidieron que les hablara del Evangelio, de la Palabra de Vida. Alfonso se maravilló del hambre que aquellas pobres gentes tenían de la Palabra de Dios y le vinieron a la mente las palabras del profeta: "Los niños pedían pan pero no había quien se lo diera" (Lam. 4.4). Su primer biógrafo cuenta que cuando Alfonso dejó Scala, parte de su corazón quedó con aquellos pastores y que lloró pensando en el modo de ayudarlos.

En Nápoles, después de largas plegarias y de consultas para lograr ayuda y discernimiento comprendió que debía volver a Scala. Ciertamente, también en Nápoles había pobreza pero otros muchos habrían podido ayudar a los pobres a huir de su marginación social mientras que, en Scala, los pobres se encontraban solos, no tenían a nadie que los ayudara estaban totalmente abandonados. En la época de san Alfonso, estos pastores y la población agrícola se encontraban entre los grupos más maltratados por la sociedad: "no se los consideraba hombres como los demás eran una desgracia de la naturaleza". Fue a causa del infortunio que acompañaba a estos pobres lo que hizo que san Alfonso optara por ponerse de su parte, compartir su vida y alimentarlos abundantemente con la Palabra de Dios.

El 9 de noviembre de 1732, en su querida Scala, san Alfonso de Liguori fundó la Congregación del Santísimo Redentor para seguir el ejemplo de Nuestro Salvador Jesucristo, anunciando la Buena Nueva a los pobres. Tenía entonces 36 años. Su vida se convirtió en una misión continua y en un servicio a los más abandonados. La Congregación fue aprobada por Benedicto XIV el 25 de febrero de 1749.

Los Misioneros redentoristas continúan el carisma de Alfonso en la Iglesia y en la sociedad. "Los redentoristas son apóstoles de fe robusta, de esperanza alegre, de ardiente caridad y celo encendido. No presumen de sí y practican la oración constante. Como hombres apostólicos e hijos genuinos de san Alfonso, siguen gozosamente a Cristo Salvador, participan de su misterio y lo anuncian con la sencillez evangélica de su vida y de su palabra, y por la abnegación de sí mismos se mantienen disponibles para todo lo arduo a fin de llevar a todos la redención copiosa de Cristo" (Constituciones redentoristas n. 20).

Los Redentoristas viven en comunidades misioneras, siempre se muestran acogedores y entregados a la oración como Maria de Nazareth. A través de misiones, de retiros, del ministerio parroquial, del apostolado ecuménico, del ministerio de la reconciliación y con la enseñanza de la teología moral, proclaman el amor de Dios nuestro Padre que, en Jesús, "ha vivido entre nosotros" para convertirse en profunda misericordia y en Palabra de Vida que nutre el corazón humano y da sentido a la vida a fin de que se viva en la máxima libertad y en solidaridad con los demás. Y así como Alfonso, también los Redentoristas practican una clara opción por los pobres, afirmando su dignidad y su grandeza ante Dios, convencidos de que la Buena Nueva del Señor se dirige a ellos de modo especial. Hoy, los Redentoristas son alrededor de 5.500; trabajan en 77 países de los cinco continentes, ayudados por muchos hombres y mujeres que colaboran en su misión; todos juntos forman la gran Familia redentorista. "Nuestra Señora del Perpetuo Socorro" es el icono misionero de la Congregación.

Además de san Alfonso, han sido canonizados otros tres Redentoristas: san Gerardo Majella, san Clemente Hofbauer y san Juan Neumann. Otros nueve Redentoristas han sido beatificados: Gennaro Sarnelli, Pedro Donders, Kaspar Stanggassinger, Francis X. Seelos, Dominick Methodius Trcka, Vasil Velychkovskyj, Nicolás Charnetskyj, Zenon Kovalyk e Ivan Ziatyk.